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Veni, Vidi, Vici

Actualizado: 23 abr

“El éxito llega para todos aquellos que están ocupados buscándolo.” - Henry Thoreau

 

Dortmund, Alemania.- Ya nadie podrá decir que aquel festejo, el más maravilloso de la historia de los Mundiales, es irrepetible. En un segundo mágico, de esos que sólo el fútbol es capaz de regalar, Fabio Grosso detuvo el tiempo en Dortmund y fue Marco Tardelli en Madrid. Como él, pero 24 años después, convirtió un gol decisivo, abrió los brazos para abrazar a todos, corrió hacia cualquier parte, gritó el descreimiento de que aquello que le tocaba vivir era cierto y lloró un llanto que sólo puede expresar alegría, orgullo, emoción y pasión.


Ni l'architetto Pirlo, ni Gigi Buffon, ni Pinturicchio Del Piero, o Fabio Cannavaro. En la Copa Mundial de Fútbol de 2006, sólo un nombre quedaría para siempre en la mente y los corazones de los italianos. Y ese nombre no es otro que Fabio Grosso, il fenicottero (Flamingo en español), el lateral izquierdo que nadie tenía en cuenta y terminó por ser uno de los héroes máximos de la Selección de Italia.


¿Cómo sucedió esto? ¿Cómo fue que un jugador que desarrolló casi toda su carrera en equipos chicos pasó en un santiamén a vivir la gloria máxima del fútbol? ¿Habrá sido algo que Grosso soñó desde pequeño, cuando jugaba en las calles de Chieti, un pequeño pueblo al sur de Italia? ¿Qué habrá pasado por su mente cuando se paró en el punto del penal para vencer a Francia y consagrarse campeón del mundo?. Sin dudas, Fabio Grosso siempre estuvo preparado. Tal vez era su destino, el motivo por el cual nació y el punto central al que llevaban todos los caminos. Si bien nació en Roma, una de las ciudades más grandes de Italia, el corazón de Fabio pertenece a Chieti, en Abruzzo. Es probable que su humildad y persistencia se deban a que los latidos de un pueblerino son diferentes a los de quienes nacen en las grandes ciudades.

Su nacimiento en Roma fue circunstancial. Pronto, su familia regresó a Chieti, de donde eran originarios, y allí Fabio tendría una infancia feliz y plena. Eran los años finales de la década del ‘70, cuando el mundo era por completo diferente al actual. En los pequeños pueblos italianos casi todos los niños jugaban al fútbol en la calle, o en algún terreno olvidado, o en las plazas, o donde sea.


A Fabio le encantaba jugar al fútbol con sus amigos. Si por él hubiese sido, el tiempo bien podría haberse detenido en ese momento y para siempre. Fabio hubiese estado bien con una pelota, un terreno, dos arcos y un puñado de amigos. Eso sumado a su tierra, a su pueblo y, por supuesto, a su mamma.


De pequeño, Fabio salía de la escuela y luego de comer algo se juntaba a jugar. Lo único que su mamma le pedía era que no regresara tarde ni muy transpirado. Él, por supuesto, llegaba tarde y transpirado, y se ganaba los retos de su mamma y en especial de su padre.


En esos tiempos, a Fabio, como a casi todos los niños, le gustaba jugar de delantero, porque los delanteros hacen goles y los goles traen festejos y abrazos. Sin embargo, al crecer Fabio se dio cuenta de que podía jugar en otras posiciones, a veces un poco más atrás para ayudar al equipo. Ya no eran partidos tan desordenados y cada uno debía cumplir un rol. Tener seis delanteros y diez jugadores no ayudaba a nadie.

Il fenicottero y su corrida clásica luego de anotar con el Chieti

Así fue cómo Fabio dejó de hacer tantos goles y se dedicó a pasar y cuidar la pelota. A veces son algo de sutileza, la mayoría con demasiado entusiasmo, por no decir violencia. De hecho, en uno de los tantos partidos en Chieti, Fabio cometió una falta durísima y lesionó de manera grave a uno de sus amigos.


Como se sabe, en estos encuentros callejeros no hay árbitro y las disputas se resuelven de otras formas. En el caso de la falta de Fabio, todo desembocó en amenazas, corridas y golpes. Gran parte de sus amigos lo insultaron, lo cual generó una pelea que terminó con Fabio golpeado. Cuando a la noche regresó a su casa, la mamma no dijo nada. Simplemente lo miró y lo envió a dormir. Al otro día las cosas cambiarían para siempre.


Al principio su padre lo retó y le prohibió volver a jugar al fútbol con sus amigos. En cambio, debía concentrarse en el estudio. Pero luego le ofreció algo a cambio: si en el colegio le iba bien, él prometía llevarlo a entrenar a un club para dedicarse en serio al fútbol. Fabio no tenía más opción que aceptar, pero de haberla tenido igual habría dicho que sí.


En 1994, con apenas 17 años, Fabio se sumó al Renato Curi Angolana, donde jugó en las categorías inferiores por un año. Su evolución como futbolista fue notable. Pronto jugaría para el equipo principal, y no sólo eso, si no que también se convertiría en una pieza fundamental del funcionamiento del equipo.


Su posición en el campo todavía no estaba del todo definida, pero a él le gustaba jugar del medio hacia adelante, ser ofensivo pero ayudar al resto del equipo. De ese modo, cuando volvió a su pueblo para sumarse al Calcio Chieti, había marcado casi 50 goles en 100 partidos con el Renato Curi.


Chieti Calcio 98-99

En 1998, ya era el mediocampista estrella del Chieti. Hizo 17 goles en apenas 65 partidos de liga. Su desempeño fue tan destacado que de inmediato fue contratado por el Perugia Calcio, un equipo de la Serie A italiana. De nuevo, Fabio tuvo que dejar su lugar en el mundo, aunque esta vez para convertirse en un jugador clave para todo el país.


En 2001, llegó al Perugia y allí su carrera tomaría un impulso definitivo. El entrenador del equipo lo ubicaría como lateral izquierdo, posición en la que Fabio jugaría el resto de su carrera. Sus actuaciones eran deslumbrantes. Era un lateral ofensivo, con llegada y gol, y de titularidad indiscutida.


Jugó tres temporadas en el Perugia, y con 27 años un mortal cualquiera podría pensar que su sueño de jugar con los grandes estaba acabado, sin embargo la perseverancia y trabajo duro dieron frutos, y es que en 2004 fue vendido al Palermo, un equipo de un escalón arriba en comparación al Perugia y con miras a la Serie A.


Fabio en Palermo vs El Emperador

Curiosamente, al momento de incorporar a Fabio, el Palermo estaba en la segunda categoría del fútbol italiano. El lateral izquierdo de Chieti parecía condenado a, como se dice, hacerse de abajo. Él lo vivió como siempre, con garra y buen fútbol, y así logró al final de la temporada el tan deseado ascenso. Pero eso no fue todo, como un anticipo de lo que pasaría años después, Fabio marcó el gol que llevaría de nuevo al Palermo a la Serie A.


Pero los éxitos no se detuvieron allí. En la primera temporada en primera, el equipo de la capital de la isla siciliana terminó sexto clasificando a la extinta Copa UEFA; en la siguiente temporada, 2005-2006, la actuación de Fabio fue tan impresionante que el Palermo no pudo resistir la oferta económica que le hizo uno de los grandes de la Serie A de Italia: el Internazionale.



La Selección, el Mundial y la gloria


El año 2006 fue el más importante en la vida de Fabio, y uno de los más importantes para el fútbol italiano. Fabio se convertiría en el salvador de las esperanzas, el héroe de un país que pasó a la historia azzurra.


Fabio empezó en la Selección como suplente de Cristian Zaccardo durante el Mundial de 2006, en Alemania. No entró en la alineación inicial hasta que Zaccardo fue retirado después del partido contra Estados Unidos.


A partir de allí, Fabio fue un jugador muy importante para Italia, con una gran actuación por la banda izquierda, pero estuvo lejos de ser un jugador dominante en todo el torneo. Lo que lo destacó es llegar a lo más alto cuando Italia lo necesitaba. Fue el jugador más prominente en las jugadas más importantes de cada uno de los tres últimos partidos de Italia.


Vs Australia (octavos de final)


En un partido dominado por Italia, el equipo australiano se mantuvo cerca hasta que Fabio logró un penal decisivo para que Totti lo convirtiera.

Grosso momentos antes de caer y pitaran penal

Vs. Alemania (Semifinales)


Grosso contribuyó a crear varias ocasiones de gol por la banda izquierda, pero siempre será recordado por anotar el gol de la victoria en la prórroga, con un tiro al segundo palo que fue prácticamente intocable para el guardameta Jens Lehman.


El gol decidió lo que fue uno de los partidos más entretenidos y emocionantes de la Copa Mundial. Su celebración después del gol también fue una muestra de pura alegría y emoción.

Toda Italia celebra el gol ante los alemanes

Vs. Francia (Final)


Aunque Grosso no fue tan influyente como en partidos anteriores, Lippi lo eligió para ser el último lanzador de penales de Italia, lo que demuestra la confianza que el equipo tenía en él para actuar bajo presión. Hay muy pocos atletas que puedan proyectar este tipo de confianza en sus hinchas y es una forma perfecta de describir el sello que Fabio puso en ese Mundial.


A pocos metros de la gloria, Fabio se enfrentó al arquero francés tal como lo hacía en los partidos con amigos en Chieti. Lo hizo con esa confianza, con ese ímpetu, mientras escuchaba la voz de su mamma que le decía que no llegara tarde ni transpirara demasiado.



Finalmente, Fabio convirtió el gol y todos corrieron a abrazarlo y a festejar. Y cuando decimos todos, no nos referimos solamente a los titulares, al equipo técnico, a los suplentes, sino a toda Italia. El abrazo más grande que Fabio experimentó en toda su vida. Italia era campeón del mundo de la mano del joven que salió de Chieti y, con perfil bajo, se encaminó directo a la gloria.


Veni, Vidi, Vici

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