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Futbolistas: Working Class Heroes


Todos, en la infancia, soñamos con convertirnos en futbolista profesional. Seguramente también soñaste con el olor que debían desprender aquellas alfombras de hierba recién cortada que veías en la tele, mientras la gravilla del barrio te mordía sin piedad las rodillas. Al fin y al cabo, las eliminatorias se jugaban, no para ganar el torneo, sino para ganarte el respeto de tus colegas; no quedaba otra que dejarse piel y alma en cada disputa.


Seguramente soñaste con el tacto de las botas de colores que tus ídolos estrenaban cada domingo, mientras tus playeras de mercadillo se mofaban deslenguadas en tu cara. Y seguro que soñaste con besar una y mil veces el escudo de tu club, en una multitudinaria presentación, mientras te deslumbraban decenas de flashes. Pero, en tu barrio, solo bizqueaban algunas farolas cuando anochecía y entonces tú sudabas tu camiseta falsa porque sabías que, en cualquier momento, tu madre podía asomarse a la ventana para poner fin al juego con el irrefutable grito de: ‘ A cenaaaaaar!’.


Soñabas con convertirte en futbolista porque ese sueño te sacaba de tu gris realidad: la de padres currantes que se deslomaban de sol a sol para que tú tuvieras un futuro, para que tú pudieras estudiar. Pero tú, después de cenar, mirabas por última vez el póster de tu equipo y entonces, cuando apagabas la luz, como dijo Calderón, la vida se convertía en sueño.


‘Jugar al balón y marcarle un triplete, con túnel incluido, al hijo rechoncho del notario que estaba siempre en la portería’, escribe Alberto Prunetti en 108 metros. The new working class hero. El escritor italiano empezó una prometedora carrera futbolística como lateral, y terminó  jugando de líbero. Era un zaguero rompedor: no dejaba pasar al rival y la pelota en la misma jugada. ‘Con doce años,’, confesó, ‘no había a nada mejor. Jugar en el barro de los pequeños campos de categorías inferiores’. En aquel entonces, Prunetti cuidaba las botas como oro en paño, leía con fruición La Gazzetta dello Sport y los domingos, con su padre, acudía religiosamente al estadio de Grosseto o Livorno.


Hasta que su infancia, como la de muchos otros, terminó con un balonazo en los huevos. Y el premonitorio aviso de su entrenador: ‘Es el oficio’, le dijo, ‘que te está entrando’. Crecer dolía. Vivir dolía. Trabajar dolía. Pero no quedaba otra opción que jugar el partido. Prunetti cambió las botas por libros, La Gazzetta por Il Manifesto y los domingos de fútbol con su padre por la

soledad de la lectura. Y con el tiempo, después de irse lejos de casa y pasar por los peores trabajos de Londres, terminó sustituyendo a sus antiguos ídolos por otros más terrenales: los obreros, los de su clase, los que habían sudado a su lado, los suyos.


Prunetti entendió de qué iba realmente el partido de la vida. ‘Sacaron de los estadios a la working class, que tenía calientes los puños, cargados de rabia y resentimiento, para meter en su lugar a los adinerados afables’, reflexiona. ‘Forzaron a la gente pobre a ver los partidos por televisión, con el pay per view’.  Él decidió apagar la suya porque ya le sonaba aquella película. Y encontró a su verdadero working class hero más cerca de lo que imaginaba: su padre, un soldador tubero que había tragado amianto para sudar su futuro. Para que él pudiera estudiar. Para que él pudiera leer. Y sobre todo, para que él pudiera escribir su historia. La nuestra. La de los obreros.


No cabe duda de que, desde hace años, los futbolistas se han convertido en ídolos de los hijos de la working class, a pesar de sus desorbitados sueldos. Lo que está por ver es si estos héroes modernos aguantarán en pie cuando esos hijos se conviertan en padres, en obreros, en las abejas del reino. Y la vida, entonces, como bien sabía Calderón, deje de ser un sueño.


Artículo redactado por Miguel Angel Ortiz, autor de: Poesía y Patadas, Fuera de juego, La Inmensa Minoría y co-autor de Kafka en Maracaná de Panenka.


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