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Cerrado por fútbol

Actualizado: 23 abr




 

El pasado Mundial de Rusia fue el primero que ya nunca podremos revivir en las magníficas crónicas de Eduardo Galeano. Y, en poco más de un año, se viene otro: el segundo campeonato en que su famoso cartel de Cerrado por fútbol no avisará al mundo de que se avecinan días sagrados.


Contaba el escritor uruguayo que lo había recubierto de plástico, a mano, para que la tinta no se corriera con la lluvia. El cartel debía aguantar setenta y cuatro partidos; treinta días que Galeano vivía apoltronado en su sillón preferido, disfrutando de una de sus mayores pasiones: ver fútbol, leer jugadas, regocijarse con ese regate tan melódico como un adjetivo preciso. Sonreía cuando recordaba la primera vez que completó tan homérica hazaña. Decía que le dolían músculos que ni sabía que tenía, como si él se hubiese dejado las rodillas y el alma en el césped, al otro lado del televisor.


Sin embargo, el momento más doloroso llegaba mientras descolgaba el cartel. Una terrible nostalgia, similar a la que deja el eco de los tres silbidos del árbitro en el hincha, le abatía durante días. Y no era para menos. Su vida se había construido sobre la poesía y las patadas. Ya con nueve años, era «muy religioso, devoto del fútbol y de Dios, en ese orden». Y con diez, vio cómo se obraba un milagro cuando aquel disparo lejano de Alcides Ghiggia se alejó de los guantes de Barbosa.


Aquella tarde, el fútbol le enseñó que el país más chiquito podía vencer al más grande. Y aquella noche, Obdulio Varela le dio una lección más importante cuando dejó de lado a los directivos uruguayos para beber con el derrotado pueblo brasileño: lo que verdaderamente engrandecía al vencedor no era la victoria, sino saber ganar.


Desde entonces, Galeano deseó jugar como aquellos futbolistas charrúas que se habían proclamado campeones del mundo contra todo pronóstico. Soñaba que agarraba la pelota, regateaba a todos los contrarios y alojaba el balón en las mallas. Luego, se despertaba. Y ahí seguía aquel patoso entreala derecho al que sus compañeros recriminaban que perdiese tantos balones en jugadas imposibles. «Estaba visto», escribe en Cerrado por fútbol. «Yo no tenía más remedio que probar algún otro oficio. Intenté varios, sin suerte, hasta que por fin empecé a escribir».


En Cerrado por fútbol, Galeano demuestra que acertó. Caracolea con los adjetivos con la misma clase que Garrincha. Trenza frases al primer toque con la clarividencia de Obdulio Varela. Con las palabras, tiene la misma poesía que Pelé con el balón en sus pies. Y a eso dedicó su vida, a escribir historias donde «brotaban goles perdidos, penales errados, equipos derrotados, y los goles perdidos entran al arco, la pelota desviada corregía su rumbo y los perdedores festejaban su victoria».



Galeano amaba el fútbol que se jugaba a cambio de comida, vino y alegría. Como el de Garrincha. Como el que defendían futbolistas que, como el Che, jugaban aun a riesgo de quedarse sin aire en los pulmones. Aquel que tantas veces celebró Sócrates con el puño en alto. Un fútbol que, en su opinión, se había ido extinguiendo lentamente: «La pasión de jugar por jugar, la libertad de divertirse y divertir, la diablura inútil y genial», escribió, «se van

convirtiendo en temas de evocación nostálgica». Aún así, siempre reivindicó el papel fundamental que jugaba en la cultura de un pueblo. No en vano, el fútbol también se había convertido en una herencia con más de un siglo de vida; en una identidad plural con profundas raíces colectivas; en fiel espejo del mundo.


Fue hincha del buen fútbol, más allá de colores y escudos. Un mendigo, como él mismo se definió. Su primer recuerdo se remontaba a las incontenibles ganas de mear que le entraban cuando su padre lo llevaba a ver a Nacional. Pero también recordaba las incontenibles ganas de aplaudir las lindas jugadas trenzadas por los delanteros de Peñarol. Vibró en el viejo Gasómetro con Osvaldo Soriano. Disfrutó del vértigo de las gradas de la Bombonera. Con Roucco, se divirtió en su vuelta al estadio Centenario rodeado de manyas. Y también en el Calderón, con la bufanda del Athletic al cuello.


Mendigar una linda jugada le enseñó a ponerse del lado del que no tiene nada. A escuchar con atención la historia del vencido. A reescribirla, iluminándola con la gloria de la derrota. Así era su visión del fútbol, y del mundo: un balón dividido en dos mitades que, cuando se disputaba el injusto partido de la vida, siempre terminaban ganando los mismos por una contundente y vergonzosa goleada: «La opulencia y la pobreza, el norte y el sur», dijo,

«jamás se miden en igualdad de condiciones ni en el fútbol ni en nada, por muy democrático que el mundo diga ser».


Galeano escribió de fútbol porque le sorprendía el increíble vacío que la historia oficial había reservado al balón, uno de los símbolos de identidad colectiva más significativos. Lo escribió a sol y sombra para hacer creer a los ateos. Para salvar a Barbosa de una maldición eterna. Para recordar que Obdulio Varela capitaneó una selección, pero también una huelga de trabajadores. Para denunciar a todas las dictaduras que se habían adueñado de unas victorias que solo pertenecían a los futbolistas y al pueblo. Escribió sobre fútbol para denunciar que a las mujeres no las habían dejado jugarlo en Europa, lo mismo que a los negros en Brasil. Para que los niños dejasen de zurcir balones Nike que nunca podrían patear. «El arte del pie capaz de hacer reír o llorar a la pelota habla de un lenguaje común a los países más diversos y a las más diversas culturas, al norte y al sur, al este y al oeste», escribió.


El Mundial de Rusia fue el primero sin las crónicas de Galeano. El primero que nunca podremos rememorar en sus palabras. Y ya las extrañamos, maestro:

«La emoción de los goles no aptos para cardiacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas a cámara lenta» que tantas veces escribiste. «Y también la fiesta y el luto, porque a veces el fútbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de esas que hacen bailar a los muertos suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde algún vencido, solo, incapaz de moverse, espera sentado en medio de las inmensas gradas sin nadie».
Cerrado por fútbol, uno de los clásicos del maestro Galeano

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