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Don Guillermo Olivares

Por el escritor chileno Francisco Villegas

Dicen que, en el fútbol, el término “clase” está desdibujado o bien se encuentra en vías de desaparición. Sin embargo, también hay maneras de hacer alusión a ese término cuando queremos referirnos a alguien que transitó en el deporte del balón manteniendo su capacidad a toda prueba. Es decir, con calidad humana y deportiva dentro y fuera de la cancha. Y donde, también, se circunscribe la admiración por las cualidades cosechadas más allá de los aplausos, las fintas, los pases o los goles. Se trata, única y exclusivamente, de reconocer lo que constituye una comprobación de vida y fútbol, oportunidades y sobreposiciones a la misma existencia.


Un niño ingresa a la cancha. Entre nervioso y silencioso, y nadie dándole una chaucha, excepto su entrenador, se integra al grupo para buscar el juego. Después de un foul, recibe un pase y con mucha penetración aprovecha de hacer su primera carrera con la pelota. Va con una visión del juego para crear movilidad en el campo. Es la reacción buscando el ángulo desde la mediacancha, mientras un rival lo persigue. El juego es intenso. El recién ingresado no puede ser neutralizado por los rivales que van moviéndose tratando de imponer alguna organización. El niño, entonces, hace un giro. Se nota que domina la pelota y, a pesar de estar con los defensores encima, saca el balón con una fuerza que descoloca al portero. El disparo ha sido tan violento que llega, sin dilaciones, a la red de una valla desguarnecida.


Lo que no se supone posible con el paisaje sobreviene, a veces, en una persona, cuando esta se reconoce en el derroche de naturaleza, ya sea buscando alguna incógnita o bien, una posibilidad para ciertos aspectos de la existencia. Eso fue lo que sucedió con este “clase” que combinó talento, el no ser consciente del efecto que generaba y ser exigente hasta sentirse con los pies absolutamente sobre la tierra. De seguro, fue el obstinado paisaje de Arica el que fraguó mella en su corazón y lo hizo surgir más allá de las carencias del barrio, las luces del chonchón, las carreras de “palomilla”, por el cerro La Cruz, y los partidos de fútbol en su querido “Norte Unido”.


El viento en el norte es un rojo dorado ante nuestros ojos. Intenso. A veces, sin exagerar, amenaza con devorar las nubes del atardecer llevándose las impaciencias y los gritos humanos; o, en otras, proporcionando fragmentos, atisbos, de la esquiva felicidad. Pero, ese viento es estímulo y realidad en los barrios. Por eso hubo una época, en las canchas de tierra, en que se le daba a la pelota de una manera tan abierta que, si se hubiese podido alcanzar el cielo, los niños lo habrían conseguido, solo para seguir allí dando de “chutes”.

De la misma forma que el niño adolescente y jugador convertía su propia exigencia consigo mismo en su derrotero de vida, tendía a ver la realidad como lo que le correspondía en ese instante y asumiendo todo lo que le enseñaban. De tal manera que cuando el entrenador Luis “Zorro” Álamos le dijo brevísimo: “¡Quiubo cabro! ¿quieres irte a jugar a la “U”?” solo pudo confirmar, entonces, a sus 16 años, la única razón de su vida: jugar como profesional en el mejor equipo de futbol de la época lo que en esos tiempos era ser parte de un grupo de jugadores de calidad superior, pero sencillos en la vida cotidiana.


La lejana ciudad nortina de Arica lo tenía como uno de los suyos porque ya conocía de sus pergaminos futbolísticos y conoció los pormenores de toda la contratación. La sorpresa se convirtió en noticia dando inicio a un periplo de aprendizajes y experiencias en el futbol chileno, y fuera de él, que se combinó con integridad, el instinto, una calidad en el dominio del balón innato y la lozana juventud moldeada en el barrio y en los cerros de su amada Arica.


En los equipos de fútbol quedan las victorias y los premios. Las irresponsabilidades. Las lágrimas de ardorosas jornadas. Las derrotas y las amarguras. El corazón dueño de una cancha. También, lo posible y lo imposible. Sin embargo, pocas veces, podemos decir que entre la contradicción y las variantes que el deporte ofrece y lo que se habla de coraje en una persona, es lo que se configura en este futbolista que vistió distintos colores en Chile y Canadá. Inclusive, alguna vez, hasta representó a un combinado de Bolivia.


Así las cosas, observo, ahora, una fotografía que tiene la fecha del 10 de mayo de 1959. Es una imagen en blanco y negro. Al fondo se observa una muchedumbre expectante. Es el día del clásico Universidad de Chile y Colo-Colo. Y en la formación aparecen de izquierda a derecha: Braulio Musso, Luis Eyzaguirre, Guillermo Olivares, Carlos Contreras, René Pacheco, Carlos Campos, Hugo Lepe, Alfonso Sepúlveda, Leonel Sánchez, Sergio Navarro y Osvaldo Díaz. Jugadores de técnica y de ligereza, de potencia física y de ritmo imparable. La imagen está vigente. Como panorámica gráfica y como infinidad de símbolos. Y aunque parezca un milagro, fue el fútbol el que hizo que ese primer grupo de futbolistas conocidos como el mítico “Ballet Azul”, fuera, a la vez, campeón del fútbol chileno, el año 1959.


Don Guillermo Olivares, “el chino”, fue parte de ese selecto colectivo denominado “de clase” y que vio sus días de gloria deportiva, en la década de los años cincuenta, sin perder ninguna naturalidad. Reconocer, actualmente, sus opiniones, sus experiencias y su innegable solidaridad es identificar las condiciones fundamentales de una persona y deportista porque la velocidad de la vida, al igual que lo que sucede en una cancha, se aguanta solo con la porfía y el coraje para mantenerse en pie, aunque demos por un segundo esa lucha tan ansiada como necesaria por la vida. ¡Buena salud para Don Guillermo Olivares!



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